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Entérate más del hábitat de Assange

Un grupo de policías custodia la entrada de la embajada de Ecuador en Londres. Foto: Ki Price / Reuters
Un grupo de policías custodia la entrada de la embajada de Ecuador en Londres.
Foto: Ki Price / Reuters
 

Esta semana el presidente de Ecuador, Rafael Correa, anunció al mundo que le concedía el estatuto de asilado diplomático a Julian Assange. Pero quienes han podido visitar al fundador de Wikileaks admiten que Assange está muy aburrido y deprimido, sin apenas nada qué hacer y una restringida capacidad de movimiento.

Según el diario “El País”, una pequeña oficina conforma el actual hábitat de Assange, habilitado en la medida de lo posible como un espacio en el que puede dormir, asearse y hacer las comidas del día. Complementan el ambiente una cama y una máquina caminadora.

Assange dispone de conexión a internet y la libertad de recibir a diversos amigos y simpatizantes que lo han visitado en las últimas semanas. Su asistente personal Sarah Harrison acude cada día a la embajada, acompañada del portavoz de Wikileaks, Joseph Farrells.

La sede diplomática ecuatoriana es un edificio victoriano de ladrillo rojo, ubicado encima de la altura de la calle, para acceder a él, hay que franquear antes una escalinata. Al ingresar hay dos secretarias y un retrato del presidente Correa quienes dan la bienvenida al visitante.

Los ambientes de los pisos superiores corresponden a apartamentos de particulares, algunos pertenecen a los miembros de la numerosa familia real saudí (clientes privilegiados de los cercanos almacenes Harrods) y el ex primer ministro de Libia Mustafa Ben-Halim.

El personal de la delegación ecuatoriana suele recurrir a restaurantes del barrio de Knightsbridge para alimentar a su “invitado”, y sólo en raras ocasiones utilizan la cocina del piso. A pesar de haber ganado un cliente, los trabajadores de los cafés y establecimientos culinarios de la zona no ven bien la constante presencia de un helicóptero policial que sobrevuela la zona, a causa del ruido ensordecedor del aparato.

Eso y el espectáculo que ocurre frente al número 3 de la calle Hans Crescent, habitualmente muy tranquila a pesar de la proximidad de uno de los grandes ejes comerciales de la ciudad, pero hoy atiborrada de agentes, curiosos y de defensores de un hombre cuya reclusión voluntaria ha provocado una crisis diplomática entre las autoridades británicas y las ecuatorianas.

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