publicidad
09 de julio de 2012 • 17:56

Lucha libre llega a barrios pobres de México

En esta foto del 13 de mayo de 2012, el luchador Crazy Clown va al sanitario antes de participar en el espectáculo itinerante de la Caravana Súper Tarín en las afueras de la capital mexicana. La caravana lleva espectáculos gratuitos de lucha libre a barrios pobres, orfelinatos y cárceles para gente que no puede costearse una entrada de 300 pesos (22 dólares) a un espectáculo profesional en una de las grandes arenas de la capital mexicana.
Foto: Alexandre Meneghini) / AP
 

Sus máscaras pueden provocar miedo, pero cuando Black Fury, Crazy Clown, Damián 666 y su hijo Bestia 666 suben al ring, lo hacen por una causa justa: llevar a los barrios más pobres la lucha libre que aman los mexicanos.

Un sábado cualquiera, hombres, mujeres y niños que no pueden pagar una entrada de 300 pesos (22 dólares) para ver un espectáculo de lucha libre profesional en una de las grandes arenas de la capital se apretujan en las escaleras de los edificios para emocionarse con la Caravana de Super Tarín y sus gladiadores enmascarados, que se enfrentan en el patio convertido en ring.

"Era una función de bienvenida a la niña Romina, que regresaba del hospital después de quemarse el cuerpo", dice Héctor Albores, el locutor del evento que de vez en cuando se pone la máscara y se sube al ring bajo el seudónimo Dark Gladiator.

En el país de la lucha libre, esos espectáculos de gladiadores famosos en arenas repletas son sólo una opción para los que pueden pagarlo. Otros sólo pueden verlos por televisión, por lo cual para ellos, una caravana de luchas callejeras lleva el espectáculo hasta su barrio, al mismo tiempo que da una oportunidad de fama a luchadores que no han llegado a las altas esferas del espectáculo.

Para los habitantes de aquella vecindad, sobre la lona roja el Capitán América responde al nombre de Super Tarín. Ese día hay más de 70 luchadores en trajes brillosos y ajustados, máscaras o largas cabelleras, que vuelan de una cuerda a otra, hacen llaves a su contrincante o se paran frente al público con las manos en la cintura buscando intimidarlos. Hay gritos, sangre —a veces real, a veces de fabricación casera_, un locutor que anima, y muchos azotones.

Desde hace cinco años, la Caravana de Super Tarín recorre cada fin de semana lugares marginados, orfanatos y hasta asentamientos en basureros de la Ciudad de México, y monta en la calle, en la plaza, o en el mercado su espectáculo de lucha libre.

Desafío, un luchador independiente de 47 años al que le falta el brazo derecho, tenía seis años sin luchar. Decepcionado del ambiente de las luchas y los grupos que las regulan, se dedicaba al comercio cuando conoció a Rafael Rojas Tarín, un líder de vendedores ambulantes que lo invitó a luchar en reclusorios.

"Fui de los primeros que empezó a llevar gente (luchadores a los espectáculos). Empecé desde los reclusorios (cárceles). Un luchador sabe que cuando va a un reclusorio no tiene paga, y la mayoría dice que sí", dice Desafío, que fuera del ring se llama Leonardo Rocha.

Después de seis años, Desafío volvió a subir al ring y se convirtió en uno de los organizadores de los eventos.

Rojas Tarín, en cambio, no era un luchador. Su función era de organizador del evento, pero poco a poco se volvía parte del espectáculo. Los luchadores rudos bajaban del cuadrilátero, le gritaban o le daban un golpe para incitarlo a subir al ring. Hasta que un día respondió con una llave y Rojas Tarín se convirtió en el luchador Super Tarín, y lo que había empezado como un grupo de luchadores que llevaban espectáculos a las cárceles se volvió La Caravana de Super Tarín.

Para el Día del Niño, los vecinos de aquel edificio donde vive la niña Romina pidieron otra vez la visita de la Caravana de Super Tarín. Se habían organizado y cada vecino llevaba un platillo para alimentar a los luchadores.

Super Tarín les da apoyo económico a los luchadores por participar, patrocinado por su asociación de comercio ambulante, pero ninguno cobra el sueldo de entre 500 y 2.000 pesos (40 a 160 dólares) que cobraría en una lucha pagada.

Y aunque cuentan que han tenido funciones donde han participado luchadores famosos como Super Porky y El Hijo del Perro Aguayo, la mayoría de los que aparecen son luchadores independientes, sin una empresa que los respalde y los promueva. Muchos, como Desafío o el mismo Albores tienen otros trabajos que les dan para vivir.

"A veces hay rachas que hay mucho trabajo, pero otras veces no hay nada. Ahorita que estamos en campaña política hay muchas luchas (en eventos y mítines electorales). Ahorita, antes de venir aquí me encontré a un muchacho y me dijo a dónde va, vente, vamos a luchar. Ya tengo (funciones) viernes, sábado y domingo", dice Desafío, que completa su ingreso con un negocio de serigrafía.

Albores trabaja en una imprenta familiar, da cursos para combatir adicciones y escribe para una revista de boxeo y lucha.

Pero aunque no haya dinero de por medio, la Caravana de Super Tarín les sirve a muchos luchadores como plataforma. Se ha convertido en una vitrina privilegiada en la escena de las luchas callejeras.

Los promotores independientes, que organizan luchas en auditorios o pequeñas arenas, que no son las legendarias México y Coliseo, buscan luchadores que estén activos y que el público de la calle reconozca.

"En la revista Box y Lucha tenemos año y medio saliendo cada semana. Los promotores les dicen 'ya te vi que andas en la Caravana que andas luchando a cada rato' y los contratan. Es publicidad", explica Albores.

El integrante más joven de la Caravana de Super Tarín es una mujer. Se llama Black Fury y tiene 16 años. Debutó a los 14 años y hace seis meses que llegó a la caravana. La función por Romina fue también su bienvenida al grupo y a un ring donde para enfrentarse con luchadoras experimentadas con las que nunca se había combatido.

"Yo tenía sueños de subir con las grandes, ya llevaba tres años y no me daban la oportunidad", dice Black Fury, que aún guarda su nombre real en secreto, lo mismo que sus colegas Big Mama, La Chola, Estrella de Fuego y la Dama del Ring.

La primera lucha de Black Fury con una rival fuerte fue contra La Nazi, una mujer grande, musculosa, de más de 40 años, que trata de hacer honor a su nombre arriba del ring. "Han sido los golpes más fuertes que he recibido de una mujer, pero aprendí", recuerda la joven, que desde entonces aparece en el ring con rivales o compañeras de fórmula que le llevan muchos años de ventaja.

Desafío explica que una buena lucha combina a novatos con experimentados para dar equilibrio. "Yo cuido al muchacho que no se lastime, él me cuida a mí. Nos cuidamos unos a otros. El joven va a querer cansar al viejo, pero yo le digo, 'te voy a enseñar a hacer una llave'''.

En la calle es posible hacer esas combinaciones porque el público aplaude con más facilidad que cuando pagaron un boleto para una arena. "En la calle todo lo compran", dice Albores, "Sí, hay muchas groserías, muchas mentadas de madre (palabras soeces), pero hay aplausos.

A una función de la caravana pueden llegar hasta 400 personas y no faltan las caras conocidas y regulares. Aunque la intención era llevar las luchas a quienes no pueden ir a ellas, han creado seguidores que aparecen en funciones de uno y otro lado de la ciudad.

"Cuando entré a la caravana, un aficionado me tomó una foto y a la siguiente vez me la llevó para firmarla y a la siguiente otra. Yo creo que tiene un álbum completo. Ya tengo varia gente que me ve y me conoce y me sigue", dice Black Fury.

En algún momento de la función uno de los encuentros es de lucha extrema. Se vale casi todo. De algún lugar inexplicable los luchadores sacan sillas, y el público les pasa maderos, cajones de madera, lámparas de neón, tablas y cualquier objeto que tengan cerca.

"Dale con ésto", dice alguien y le acerca un tablón a un luchador.

Albores dice que la lucha callejera les da más libertad arriba del cuadrilátero.

"En la arena tienen que seguir un guión de actitud. En la Arena México difícilmente se van a golpear con una silla. Son luchas buenas pero hay muchas reglas. En la arena le crean el personaje al luchador. En la calle es como es. Puede ser cínico, gígolo, coqueto, irreverente", dice.

Al final de la función siempre hay sangre —o alguna clase de líquido rojo— que corre por el rostro de un luchador. Al final de la función siempre hay sangre -o alguna clase de líquido rojo- que corre por el rostro de un luchador. La rivalidad más acérrima en la Caravana es la del mismo Super Tarín con el León Dorado.

Super Tarín, es el favorito del público de la caravana con su nombre, pero no falta quien apoye al rival.

La gente se imagina que son rivales de verdad y así se emocionan más, dice Desafío, pero un promotor nunca sube a dos luchadores que sabe que no se quieren, porque se van a lastimar y a hacer daño.

Una regla de oro tiene que seguirse siempre en las luchas, explica Desafío, y parece que así explicara todo el espectáculo: "Para ser un buen rival hay que ser un buen amigo".

AP AP - The Associated Press. Todos los derechos reservados.

Este material no puede ser copiado, transmitido, reformado o redistribuido.