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05 de abril de 2012 • 19:50

Sarajevo, los niños de la guerra

Foto: DW Latam
 

Veinte años después del inicio de la guerra en Bosnia y Herzegovina, aún son palpables las secuelas del conflicto. Los jóvenes, sin embargo, anhelan pasar página y construir un futuro en paz.

Tres estudiantes en un café del centro de Sarajevo: Enida, Natalija e Igor. A primera vista, no se diferencian demasiado. Se visten de forma parecida, escuchan la misma música, tienen los mismos temores ante el futuro y hablan lenguas emparentadas. Los tres vinieron al mundo en 1992, el año en que estalló la guerra en su país, Bosnia y Herzegovina.

Sin embargo, los tres crecieron en mundos distintos. Han ido a escuelas donde les han enseñado diferentes versiones sobre la guerra. Bosniacos (o musulmanes bosnios) serbios y croatas tienen cada uno una visión distinta del pasado. Ni siquiera se ponen de acuerdo en cómo y cuándo dio comienzo el conflicto.

Tres pueblos, tres versiones del pasado

Natalija es una croata de Bosnia. En la escuela le enseñaron que todo empezó en octubre de 1991 “con el ataque de los serbios al pueblo de Ravno, al oeste de Herzegovina”. Ravno es un pequeño pueblo croata en zona bosnia, no muy lejos de Dubrovnik. El ejército yugoslavo, dominado por los serbios, arrasó el pueblo tras atacar ciudades croatas en la costa.

Según el serbo-bosnio Igor, por el contrario, la guerra dio comienzo medio año después, el 1 de marzo de 1992, en la ciudad de Sarajevo. “Tal y como a mí me enseñaron en clase de Historia, la guerra empezó con el asesinato de un invitado a una boda serbia.” Enida, bosniaca, es más diplomática: “Solo sé que todo se debió a desacuerdos entre los tres pueblos”.

De manera oficial, la guerra en Bosnia-Herzegovina comenzó el 6 de abril de 1992, el día en que la Comunidad Europea reconoció su independencia como país y en el que francotiradores serbo-bosnio dispararon en Sarajevo contra manifestantes por la paz. Ahí dio comienzo el asedio a la ciudad que duró casi cuatro años.

Cada pueblo no hizo más que “defenderse”

En aquellos días, los padres de Igor abandonaron la ciudad. El era apenas un bebé que no llegaba al mes de vida. Su familia no tuvo otra elección, pues “todos los amigos serbios ya se habían marchado, la guerra ya había dado comienzo”, dice. “¿Qué otra alternativa les quedaba? ¿Esperar a que vinieran a matar a su bebé?“ El padre de Igor se enroló poco tiempo después en el ejército serbo-bosnio.

Casi al mismo tiempo, otro joven padre –este perteneciente al bando de los bosniacos- se mudó a Zenica, una pequeña ciudad a unos 50 kilómetros al noroeste de Sarajevo. Enida contaba apenas un año de edad cuando se quedó huérfana. “Mi padre murió en 1993 cerca de Busovaca, luchando contra las tropas bosnio-croatas”, cuenta.

A pocos kilómetros luchaba para los bosnio-croatas el padre de Natalija. El objetivo de este ejército era la anexión de las zonas de Croacia con mayor asentamiento de croatas. “Mi padre defendió esas zonas de los musulmanes”, dice Natalija.

Esperanza en un futuro mejor

 Hasta entonces, los padres de estos tres jóvenes habían convivido pacíficamente unos con otros. Bosnia incluso fue ejemplo durante largo tiempo de conviviencia entre distintos pueblos y religiones. Durante la guerra, hombres que hasta hacía poco habían jugado juntos al fútbol, lucharon unos contra otros. Veinte años después, aún flota cierta tensión en el aire que acompaña a Igor a diario. “Cuando vengo aquí, siento cierto malestar por mi apellido serbio”. Si alguien me llama por la calle, me estremezco”, dice el joven. “Tengo miedo”.

Pero hoy se sientan los tres veinteañeros juntos en un local del centro de Sarajevo, beben café bosnio y hablan entre ellos. Y se entienden bien: las diferencias étnicas no son obstáculo. Enida explica por qué: “Yo no tengo prejuicios ni odio a nadie“, dice la joven y añade: “No hay que dar más vueltas a lo sucedido”. Enida, Natalija e Igor tratan de encontrar su camino en la actual Bosnia Herzegovina, ir más allá de las constricciones nacionalistas de su entorno. No quieren que el pasado deje huella en su futuro.

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